Ser empleado de banco ya no es un privilegio. Hoy se vive a base de horarios extendidos, presión por vender productos, miedo a ser despedido y el cabreo generalizado de los clientes
En la sede de CaixaBank en Barcelona, pronto empezarán a no caber. Sus torres de la avenida Diagonal se han convertido en un refugio para empleados incapaces de afrontar las nuevas exigencias de su trabajo. Directores y subdirectores de sucursal durante 20 años que ahora se dedican a ensobrar cartas en un escritorio olvidado, de 8:00 a 15:00, cinco días a la semana. O son recolocados en cualquier departamento monótono y solitario, alejados de la vorágine en la que se han convertido las oficinas bancarias, un entorno en el que hace unos años manejaban el cotarro y que hoy apenas comprenden.
